El buen humor: la mejor herramienta del docente en tiempos de crisis

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Mtro. Calos Alberto Jardón Gómez

Una de las competencias que un docente con experiencia desarrolla es la resiliencia, bastante estudiada y comentada desde diferentes disciplinas, y una de sus expresiones es el buen humor. Xosé Manuel Domínguez Prieto, director del Instituto de la Familia de Ourense, dice que el buen humor no sólo es una habilidad, sino que es un elemento esencial en el ejercicio de la educación, la formación y el acompañamiento.

Impartir clases en línea, conferencias o talleres de forma remota (a la fecha ya perdí la cuenta de las horas que llevo conectado al zoom y al skype) permite un acompañamiento diferente, pero no menos eficaz, a alumnos y oyentes de todo tipo. 

Sé que sueno poco ortodoxo para muchos docentes y formadores (sobre todo para los que están involucrados en tareas pastorales además de docentes) pero estoy convencido de que la Gracia de Dios está actuando en los docentes dándonos nuevas habilidades, nuevas formas de acompañar a nuestros alumnos y formandos. Uno de los dones que estoy seguro que necesitamos -y tenemos disponible- es el del buen humor. Basta con mirar las 20 o 30 ventanitas que aparecen frente a tu pantalla en una videoconferencia: en una hay un alumno despeinado o despeinada, en la otra un papá y/o una mamá jóvenes intentando tener en pie el celular con una mano, para escuchar la clase, mientras sostienen con la otra un bebé inquieto (en algunos casos he visto cómo corren hacia el bebé para rescatarlo de una inminente caída), en otra puedes ver que alguien duerme o que te dejó como “sonido ambiental”, mientras se retira de la pantalla para hacer otros quehaceres -obviamente más importantes que tu increíble clase o conferencia- y olvidó, además, apagar su micrófono (lo notas porque se escucha el sonido de un taladro en el fondo). En otra ventana puedes ver a una mamá reprendiendo al hijo que tiene en casa por no estar haciendo los deberes o por estar comiendo los dulces que le prohibió comer. En una conferencia me toco ver (bueno, no lo vi sino que me enviaron la evidencia en video) que mientras el conferencista (o sea  yo) estaba muy inspirado, diciendo cosas muy interesantes y edificantes, en una de las ventanitas había una mujer comiendo unas deliciosas viandas, chupando dedos y plato a la par (ese video, que no haré circular en las redes, lo hemos titulado: “Cuando tu hambre física supera a tu hambre de conocimientos”). Y conste que yo no me he librado de tener que interrumpir un minuto la clase por escuchar, desde la recámara de alguno de los niños, un ruido de algún objeto que se rompió o, por el contrario, un sospechoso silencio. Sería insensato pedir “algo de seriedad” cuando las circunstancias providenciales nos han puesto los pies en la tierra, precisamente para no tomarnos tan en serio.

Esto ha sido mi experiencia como “docente en línea” en el Máster de Pastoral Familiar, de no ser por la resiliencia y el buen humor de mis alumnos, y el de un servidor, creo que no hubiéramos podido navegar en medio del caos que implica aprender todos, o desempolvar, nuevas competencias digitales. Pero quizá, la mejor experiencia, ha sido asomarnos un poquito a la intimidad de cada uno, a la intimidad de nuestras familias ¡Estamos haciendo pastoral familiar fuera de la parroquia! En la vida real, en la cotidianidad y la rutina de un hogar promedio y simplemente nos conectamos para compartirlo ¡Esto sí que es lo que los pedagogos llaman “aprendizaje situado”! No tengo más que reconocimiento para estos alumnos pacientes y dedicados que, además de ser alumnos, tienen que ser papás, mamás, hermanos, hasta hijos, de forma simultánea y se lo han tomado todo con buen humor y hemos terminado temas, hecho evaluaciones, preguntas y respuestas y todo lo que conlleva una clase completa. 

Estamos recibiendo la misma clase de buen humor sobrenatural que recibió Santo Tomás Moro quien, no sólo tenía la amenaza de un contagio, sino la certeza de la muerte, unos días antes de morir ejecutado injustamente hizo la siguiente oración:

Concédeme, Señor, una buena digestión,
y también algo que digerir.
 
Concédeme la salud del cuerpo,
con el buen humor necesario para mantenerla.
 
Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar
lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante
el pecado, sino que encuentre el modo de poner
las cosas de nuevo en orden.
 
Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no
permitas que sufra excesivamente por ese ser tan
dominante que se llama: YO.
 
Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás.
 
Así sea.

Maestría en Ciencias de la Familia para la Consultoría

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