La familia después del COVID-19

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Mtro. Eduardo Vargas

Mientras nos deseábamos un feliz año al dar las 12 de la noche del 31 de diciembre pasado, no nos imaginábamos lo que el nuevo año traería consigo, así como ahora no sabemos en qué circunstancias va a terminar.

Pensábamos que sería un año más, como todos, la misma secuencia de meses, semanas y días con la misma rutina, pero no fue así. Se presentó una pandemia que desquebrajó la cotidianidad y abrió una dolorosa brecha que trastocó nuestras expectativas y nuestros planes.

Pero tarde o temprano este paréntesis tendrá que pasar y habrá que regresar a la “normalidad”. Y aquí es donde se presenta la disyuntiva: dejar pasar la oportunidad y volver a lo mismo de siempre o, aprovechar la ocasión, y regresar a una vida renovada, en particular a una vida familiar renovada.

En este corto espacio me pregunto en particular si la vida familiar volverá a ser la misma que era antes del COVID-19 o qué cambios podemos esperar y debemos buscar.

La familia después del COVID-19

¿La familia seguirá siendo la misma después del COVID-19?

Para hacer esta breve reflexión sigo las líneas planteadas por el Papa Francisco cuando dice “Las palabras que realmente queremos escuchar en este tiempo no son indiferencia, egoísmo, división y olvido” (2020, p.35).

Sin lugar a dudas, quienes hemos estado en cuarentena hemos pasado en estos últimos dos meses más horas conviviendo con nuestra familia que las que pasamos todo el 2019. Hemos tenido la oportunidad de replantearnos lo importante en nuestras vidas, hemos redescubierto la convivencia con la familia cercana, pero también la lejanía y la añoranza por los familiares que no viven en nuestra misma casa. Todas éstas son experiencias inéditas para nosotros.

Una experiencia especialmente dolorosa para quienes han tenido en la familia algún enfermo grave o incluso la pérdida de un ser querido, a quien, quizás, ni siquiera han podido acompañar en los últimos momentos.

No es tiempo para la indiferencia

Dice el Papa que no es tiempo para la indiferencia. Este podría ser un primer aprendizaje para la familia.

En la vida de prisa que vivíamos antes, quizás no teníamos tiempo para percibir las necesidades del otro, no sólo las del otro lejano, sino ni siguiera las del otro cercano, las de nuestros propios hijos y nuestro propio cónyuge.

Muy probablemente el estar juntos todo este tiempo de cuarentena nos ha hecho verlos con otros ojos, entender sus necesidades, no sólo materiales, sino también afectivas y espirituales.

Ciertamente que verlas no significa por sí mismo atenderlas, pero ya es un primer paso: percibir que el otro tienes necesidades que yo puedo ayudar a satisfacer si renuncio un poco a lo mío, a mi tiempo, a mis gustos.

Jesús dijo que en el interrogatorio del último día se nos preguntará acerca de la indiferencia hacia las necesidades del otro, empezando por el otro cercano, pues si no atiendo a esas ¿cómo atender a las del otro lejano?

Ese sería un posible primer elemento característico de la familia postcovid-19, una comunidad en la que unos están atentos a las necesidades de los otros.

La familia después del COVID-19

No es tiempo para el egoísmo

Dice el Papa Francisco que tampoco es un tiempo para el egoísmo. En este tiempo de cuarentena hemos descubierto que podemos cambiar, hemos tenido que compartir con la familia, preocuparnos por la salud de la familia.

Ojalá también hayamos aprendido en familia a liberarnos de nuestro egoísmo y preocuparnos de alguna forma por los más desfavorecidos dentro y fuera del ámbito familiar, también así la familia se libera de las cadenas del egoísmo.

Lo importante es hacer de este aprendizaje algo permanente, un hábito al regresar a la normalidad. Que tanto sufrimiento no sea en vano. Una familia libre de egoísmo es un adelanto del cielo.

La familia después del COVID-19

No es tiempo para la división

Tampoco es un tiempo para la división. Con la rutina diaria que vivíamos antes pasaban los días, los meses, incluso los años y no encontrábamos el momento para la reconciliación.

Reconciliación de heridas profundas a veces, pero también la reconciliación por divisiones prácticas, cotidianas y sutiles en la familia, el “yo no me llevo bien con tal”, “mejor ni le hablo para no entrar en conflicto”.

División ya sea con un miembro de la familia extendida o uno del núcleo familiar, muchas veces divisiones entre los mismos cónyuges, estar muy lejos estando cerca, separados estando juntos.

Pero éste no ha sido un tiempo para la división, sino para la reconciliación, para volver a restablecer las buenas relaciones, la unión que es lo contrario de la división.

¿Por qué no dar el primer paso? Es la familia donde se aprende a ser humano y se aprende a ser cristiano. Si me ofendió, eso está en el pasado, es posible olvidar y perdonar, si es una persona difícil, es posible aceptarla como es. El primero en dar el paso hacia la reconciliación, no es necesariamente quien ofendió, sino será siempre quien ama más.

No es tiempo para el olvido

Y, finalmente, dice el Papa no es un tiempo para el olvido. El olvido de las personas mayores, los abuelos, el olvido de los enfermos, el olvido de nuestra propia fragilidad que nos lleva a la soberbia.

Esta pandemia nos ha hecho volver la mirada a quienes teníamos olvidados, que son los más vulnerables en la familia y en la sociedad y también nos ha hecho sentir nuestra pequeñez, nuestra fragilidad, el sinsentido de nuestros logros cuando son sólo vanagloria. Ahora que hemos experimentado la común fragilidad podremos vernos con mutua compasión. La familia después del COVID tendrá presentes a los que fueron antes olvidados.

La familia que vive eso hacia adentro, necesariamente tendrá esas mismas actitudes hacia afuera hacia los olvidados y marginados de la sociedad, porque la familia tiene una dimensión moral y una dimensión social, dimensiones entrelazadas necesariamente.

A fin de cuentas, después de esta pandemia no podremos salir igual o salimos mejores o salimos peores. Dice el Papa Francisco “Esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo” (2020, p.24). Pero para que esto sea así necesita nuestra aceptación, nuestra disposición y esfuerzo. Que esta pandemia, que esta dura experiencia, nos convierta en mejores familias. Sin olvidar que la oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras (Francisco, 2020, p.23).

Hemos demostrado que podemos cambiar, ahora toca hacer una conversión permanente. Posiblemente antes, como dice el Papa, “Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa” (2020, p.21), pero ahora nos hemos detenido y podemos volver a empezar de otra manera. El cambio no es automático, será paulatino dependiendo del grado de conversión personal, que lleve a una conversión familiar y social.

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